Historia sin urgencia para estudiantes de Yachay

Este texto no esta escrito para los opinólogos en Ecuador. Tampoco para los expertos en educación, ni para los aplaudidores de lo bueno o de lo malo. Esta escrito, sin urgencia, para cada estudiante —actual y futuro— de Yachay.

Seguramente te habrá sorprendido la avalancha de críticas al proyecto, te habrás sentido ofendido y hasta aludido. Y hasta pudo haber dolido: se entiende porque —con un 80% de probabilidad, aproximadamente— eres una persona que ha sido vulnerable en la historia de tu vida. Aparte, estas en una etapa en que todo huele a incertidumbre, vives en una ciudad nueva, con gente nueva, alejado de tu familia, pensando frecuentemente si lo que estás haciendo es lo adecuado para tu vida. Seguramente pasas noches en duda. Algunas en tristeza. Otras en angustia. Seguramente, a veces se te escapa una lágrima extrañando casa, pero luego se te pasa. Vas a encontrar gente que siga atacando al proyecto y a tu carrera, a tus decisiones y a tus indecisiones. Pero, ¿adivina que? De eso se trata.

Todos los ex estudiantes de la San Francisco son victimas de un estereotipo. Los de la Flacso de otro. Los de la Central de otro. Los de la Udla de otro. Pero son las personas las que hacen a las instituciones, no al revés. Si quieres sobresalir lo vas a hacer donde quieras, pero en Yachay tienes la ventaja adicional de estar en una universidad que tiene visión, ambición y está construyendo redes.

Eso es fundamental en la academia moderna. Lo aprendí a las bravas.

***

La primera vez que apliqué a un doctorado me pasé un año preparándome para los exámenes y buscando los programas que se ajustaban a mi perfil. Tomé el consejo de aplicar a tres tipos de universidades: las top, las que estaban en la mitad  y las que estaban debajo de la mitad del ranking. Así minimizaba —ligeramente— el riesgo de ser rechazado. Luego, era fundamental tener buenos exámenes en matemáticas e inglés: tuve que tomar dos veces el horrible GRE y dos veces el TOEFL. Mi objetivo era tener notas sobre el 90% de la distribución (es decir, tener una calificación superior al noveno decil mas competitivo del grupo que ha tomado el examen), que era lo recomendable. Escribí entre diez a doce versiones de mis statements (ensayos académicos y personales donde describes por que eres un buen candidato) para explicar por qué mis ideas de investigación eran útiles. Los hice revisar por estudiantes aceptados, profesores y amigos. Pedí cartas de recomendación a académicos de Ecuador que conocían mi trabajo. Construí una hoja de vida que resaltaba mis logros profesionales. Invertí dinero: enviar cada aplicación cuesta alrededor de cien dólares, más el papeleo administrativo, el tiempo, el costo de exámenes. Envié seis aplicaciones. Había hecho todos los deberes, así que —harta fe de por medio— hasta me puse a planificar cómo iba a vivir y qué iba a investigar.

Ninguna universidad me aceptó.

Tristeza. Desilusión.

Pasé varias semanas pensando si de verdad quería hacer el doctorado. Me pregunté si no prefería continuar con mi vida profesional en el Ecuador. En ese momento estaba a mi cargo una oficina pública, tenía un buen sueldo, la gente me apreciaba, me gustaba lo que hacía y lo mejor de todo: tenía un equipo de lujo que ya empezaba a dejar una huella. ¿Para qué dejar toda esa comodidad de lado? En ese tipo de puestos uno está encerrado en una burbuja burocrática: cree que uno domina la materia y que el criterio propio es el que mueve las cosas.

Cuando estaba en esas dudas, me encontré con un viejo amigo. Había sido mi jefe en una multinacional. Apenas empezaba a contarle mi historia me interrumpió. “¿Cuánto tiempo estas en el puesto actual?” Iba para los cinco años. “No me importa si aplicas o no al doctorado, renuncia inmediatamente.” Yo lo refutaba: tenía mucho que hacer, las transiciones son difíciles, hay muchas cosas pendientes. No es tan fácil. “Son pretextos porque tienes miedo. Tienes miedo a fallar, tienes miedo a intentarlo de nuevo”. Yo se lo negaba, pero él insistía: decía que su paso por multinacionales, empresas locales, regionales, el gobierno y la academia mostraba la repetición de un patrón. “A los cinco años de hacer lo mismo te empieza a invadir el miedo a salir de la burbuja. ¿Crees que eres un líder y tienes miedo a irte? Líder es el que logra que las cosas que se hagan sin que uno este presente, el resto son jefes, nada más”.

Entonces, empecé a dudar: podía ser que fuese cierto. “El peor pecado que puede cometer un hombre en el mundo laboral es enamorarse de una posición, pensar que uno lo sabe todo y que uno es indispensable”, me dijo mi exjefe y amigo. “Pase lo que pase no permitas que sean mas de cinco años, envía siempre una señal de alternabilidad y recuerda que deben recordarte por bueno, no por necio”. Me decía, además, que si no lo hacía entonces ¿cuándo? Sonaba congruente: “si no aplicas de nuevo, vas a perder el doble porque vas a desperdiciar el aprendizaje de la primera pérdida. No puedes renunciar a tus sueños por un falso sentido de seguridad. No seas cobarde, renuncia e inténtalo de nuevo.” Le dije que tenía razón. Él me contestó:

— No todo el mundo tiene razón, todo el tiempo.

En la vida siempre necesitamos alguien que nos putee. A los seis meses renuncié.

***

El segundo intento fue más feliz.

Empecé por lo obvio: averiguar por qué no me habían aceptado la primera vez. Llamé a cada una de las oficinas de admisiones, hablé con todos los responsables del proceso y me llevé una fría sorpresa: mi aplicación era casi perfecta, solo había fallado en las cartas de recomendación. Resulta que “mi red académica” no era lo “suficientemente conectada” para tener influencia en los departamentos de admisión.

El asunto era bastante irónico porque mis cartas eran de muy alto nivel en Ecuador.

En serio, de muy alto nivel.

Me di cuenta de mi realidad: nuestro país estaba desconectado de la red de investigación americana. Por más alto nivel que tenga una recomendación, sino es de alguien que continuamente escribe, presenta, discute, enseña y esta conectado al mundo académico gringo, no cuenta. Simple, triste y definitorio.

Así que me puse a construir contactos académicos para que conozcan mi trabajo y, así, vean mi potencial. Muchos tomaron casi un año en ser logrados —cartas, visitas, llamadas, emails de por medio—. Como había renunciado ya a mi trabajo, y estaba concentrado en mis investigaciones pude construir esa red a la que —un año después— le pedí nuevas cartas de recomendación. Tuve una ventaja adicional: me habían invitado a ser visiting scholar de un prestigioso centro de investigación que amplió mi red de contactos de forma diametral.

Al pasar un año mi aplicación había dado un giro: tenía mejores exámenes que superaban el 95% de la distribución, mejores statements y sobre todo, mejores cartas de recomendación. Esta vez, tuve gente al lado que me dijo que podía ser más ambicioso, que podía intentar solo a las mejores opciones. Apliqué a las siete mejores universidades. Obtuve siete aceptaciones.

Los procesos de admisión son competitivos, estrictos y regulados, pero no todo es formalidad: lograr ser aceptado esconde más de una táctica, invisible a los manuales. Y sobre todo:  networking matters. And matters a lot.

Hace tres días me escribió un ex alumno de la maestría de la ESPOL. Me contó que estaba agradecido porque le había servido mi contacto en un instituto de investigación alemán para aplicar a un puesto de analista. Cerró su correo con una frase que me animó a escribir este texto. La copio textual:

No me considero un genio pero así lo sea lo que me sirvió para ser aceptado es el contacto que Usted me dio. Esa persona a su vez me dio otro contacto que terminó ayudándome con  otro contacto para ser aceptado. Es increíble pensar que hace seis meses estaba acostumbrándome a mi puesto de “obrero” pensando en cuidar mi sueldo y ahora estoy por empezar el trabajo de mis sueños.

Las relaciones importan. Muchísimo. Así es el circuito académico mundial.

En Yachay tienes los contactos para hacer networking. Las redes académicas son fundamentales no solo para conectarse entre universidades sino para expandir las oportunidades de sus estudiantes. Ese activo es inconmensurable y Yachay apunta a construirlo. Además, tienes infraestructura para que desarrolles tus ideas, tiene respaldo político para que dure en el tiempo. ¿Es perfecta? seguramente no, pero tienes que aprovechar la oportunidad que muy pocos la tienen.

Mi pedido inicial es que aproveches la oportunidad, que propongas, que seas crítico, que exijas transparencia, que leas, que escribas, que ayudes, que preguntes, que cuestiones.

Sobre todo eso: que cuestiones todo.

No te preocupes por lo que digan. Esos que hace un mes eran expertos en educación superior, ayer eran expertos en volcanes, anteayer eran expertos en deuda externa y pasado mañana van a ser expertos en incendios. No confíes en quien pretende saberlo todo, menos si se evidencia que quiere hacer daño a alguien. Se crítico con todos, en especial en momentos de crisis, exige transparencia y rendición de cuentas. En especial, se crítico con quien quiere atacar todo u ocultarlo todo. Como dijo mi exjefe: no todo el mundo tiene razón, todo el tiempo.

***

Este texto tampoco tiene la intención de ser un motivador sin crítica ni propuesta. Intencionalmente he esperado para que no sea leído con urgencia, en medio de cualquier escándalo[1]. En realidad, se trata de decir algo claro sobre la influencia del networking tan decisivo: es injusto.

Es injusto porque muchos otros no tuvieron la suerte de tener la educación que tuvimos o los contactos o el contexto. Ellos no pudieron aprovechar oportunidades que quizás estuvieron muy cerca de ellos, pero en su caso nadie les ayudó, no tuvieron un contacto que les permitió entrar y participar en una red.

Por eso debes ser crítico con esa cantaleta de ciegos que piensan que la vida esta asegurada si te esfuerzas, si compites, si piensas solo en ti, si fomentas el individualismo y piensas que la competencia personal es todo.

Eso es una tontería: yo no hubiera sido aceptado en mis aplicaciones si no hubiera tenido redes que me ayudaron a entender cómo aplicar. En nuestros países, la mayoría de los más grandes empresarios lo son porque tienen contactos (casi siempre familiares) que entre ellos se ayudan a preservar sus ventajas, y la mayoría de políticos en el mundo están donde están porque cultivan sus contactos. La competencia perfecta no existe.

Las redes importan, pero es mas importante hacer notar que importan. Ese es el pedido de este texto: intentar que la redes importen menos. ¿Cómo? Visibilizándolas, demostrando que son una barrera, pero al mismo tiempo aprovechándolas para usar los beneficios y expandir una comunidad académica y sobre todo social.

***

De vacaciones en Quito volví a encontrarme con mi exjefe de la multinacional. Con alegría le contaba mi experiencia de cómo había logrado zafarme del mundo burocrático, y cómo había vivido el proceso de acoplarme a otra cultura. Me preguntó qué viene luego, me dijo que era hora de pensar en el futuro, de competir por algo nuevo. Le sonreí:

— No todo es competencia, no todo es sacrificio. Es más, creo que mis momentos de mayor creatividad vienen cuando menos inmiscuido estoy en esa cultura de la competencia, le dije.

— Es que a pesar de estar en los treintas todavía eres un crío, debes entender que la educación es una herramienta para tu futuro laboral, para conquistar más y mejores metas. ¿Otra vez tengo que recordarte que debes atreverte a soñar?

—Pero yo no hago un Phd para competir, de verdad me gusta esto.

—Eso es lo de menos, ¡hay que competir!

—Esta bien competir, esta bien superarse pero esta mejor hacer las cosas porque te gustan, porque te apasionan, encontrar aquello que te gusta y hacerlo bien. Esta bien disfrutar. Cuando miro hacia atrás me doy cuenta mas de eso: competir te puede llevar a ciclo perverso donde te concentras en ganar, y cada vez mas olvidas disfrutar lo ya ganado. La gente que solo pasa compitiendo esta perdida en un espiral obscuro. Fernando Trueba y Pep Guardiola ya lo han dicho: esta en el presente el mejor juego del futuro. El presente como un juego en equipo, sobre todo eso: en equipo.

—No se quién es Trueba y Guardiola, ¿no es el entrenador de fútbol?

—Si, el otro es un director de cine. ¿Ves lo que te pierdes de la vida?

—¿O sea que ahora escuchas más a entrenadores de fútbol que a alguien con experiencia laboral a nivel mundial?

— Tú sabes: no todo el mundo tiene razón, todo el tiempo.

———-

[1] Lo que no quiere decir que la crisis deba ser minimizada. Toda crisis institucional debe ser solucionada con etica, legalidad y transparencia. El ciudadano deberia tener capacidad para vigilar cómo se administran proyectos tan grandes como Yachay. Este texto no intenta hablar del cómo hacerlo, pero si sugiere que las autoridades académicas deben asegurar mecanismos institucionales de rendicion de cuenta que no dependan de cualquier gobierno.

Texto originalmente publicado en http://gkillcity.com/articulos/el-mirador-politico/historia-sin-urgencia-los-estudiantes-yachay

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